Todas las fotografías que aparecen en este blog han sido realizadas por Mayte Piera. Gracias por no utilizarlas sin mencionar la procedencia y la autoría

domingo, 25 de septiembre de 2016

Atenas. Por las laderas de la Acrópolis.


El acto de pasear suele llevar implícito el de observar. El paseante mira al frente mientras se deleita con el entorno que le rodea. Si además el paseo se realiza por un lugar como la ciudad de Atenas, lo normal es que dirija su mirada hacia las alturas, buscando con sus ojos la colina que alberga una de las mayores joyas de la Grecia Clásica, la antigua Acrópolis.

Aunque ciertamente la Acrópolis ejerce una atracción tal que es imposible no buscarla desde cualquier punto de la ciudad, curiosamente, a medida que uno se aproxima e inicia el ascenso hacia la colina, advierte unos extraños trazos en el suelo encargados de dirigir sus pasos hacia el colosal monumento. Trazos que forman dibujos, piezas que se encajan entre sí creando geométricas figuras de disposición aparentemente aleatoria y que obligan al paseante a cambiar la dirección de su mirada de arriba a abajo. Esta geometría dibujada que a modo de sambori comienza a crear el camino de subida, en ocasiones propicia un curioso juego de la pisada que busca hueco entre los trazos.

 En 1951, Karamalis, ministro de obras públicas de Grecia, encargó al arquitecto Dimitris Pikionis la ordenación de las laderas del entorno de la Acrópolis de Atenas. El encargo consistía no solo en el diseño de los caminos que daban acceso al monumento, sino en la ordenación paisajística de todos los elementos que lo rodeaban: organización de la circulación, creación de las áreas de estacionamiento, diseño de los jardines y de las zonas de descanso, selección de la vegetación que rodea el entorno, en definitiva un proyecto global que estructurara el marco que daba acceso a este gigante de la cultura mediterránea.

Consciente de la responsabilidad que suponía crear un paisaje alrededor de la Acrópolis, decidió emplear en ello todo el tiempo que fuera necesario. Como él mismo declaró, había que hacer las cosas bien: “… mi intervención en el área será extremadamente delicada y pesará sobre mí una responsabilidad inconmensurable.” Así pues, las obras, que empezaron en 1954, terminaron en febrero de 1958. Cuatro años de minucioso trabajo no exento de presiones y críticas generadas por insensatas premuras políticas.

Quizá fue su pasión por las artes, la investigación sobre las teorías metafísicas, la influencia que tuvo en él la pintura simbolista o el descubrimiento de la obra de Cezane lo que hizo que Pikionis desarrollara una visión poética del paisaje y una concepción global de la arquitectura. O quizá fuera también su total respeto hacia la historia que le hablaba desde lo alto de la ciudad de Atenas. El caso es que el arquitecto tuvo la sensibilidad necesaria para desarrollar el trabajo con absoluto compromiso y extraordinaria delicadeza abordándolo desde un sutil diálogo entre la memoria y el paisaje. 

El recorrido de 800 metros se divide en dos zonas distintas. Por una parte el camino que asciende la colina y que conduce directamente a las puertas de la Acrópolis y por otra, el paseo que enlaza esta con el monte Filopapo, donde las vistas de la ciudad de Atenas y de la propia Acrópolis son francamente magníficas.

Fue también en los años 50 cuando se llevó a cabo la terrible destrucción por parte de las autoridades griegas de una fracción importante del patrimonio arquitectónico ateniense de finales del s. XIX. Sensibilizado ante semejante atrocidad, Pikionis decidió rescatar parte de ese patrimonio y emplear piezas procedentes del material de derribo para construir el pavimento. De este modo ese  legado histórico destruido formaría parte del paisaje de subida a la Acrópolis y reforzaría ese diálogo histórico entre el ayer y el hoy.


  Aunque en ambos recorridos –el de la Acrópolis y el de Filopapo- el juego es el mismo, la disposición de las piezas y las formas geométricas varían de tal manera que el trazado se va modificando a medida que se avanza. Composiciones regulares dan paso a zonas donde las losas son absolutamente desiguales. En ocasiones, las propias rocas del terreno se cuelan entre los pequeños huecos que dejan los elementos dispuestos por Pikionis a modo de puzle, como si de un enigmático pasatiempo se tratara. Otras veces aparecen elementos de hormigón creando curiosas figuras sobre las que se encajan los mármoles y las piezas cerámicas recuperadas, en un meticuloso trabajo de artesanía. á﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽ se tratara. es. En ocasiones, iones son mayor a que se avanza. Las propias rocas del suelo rellenan los pequeños huec

 

Los senderos se abren paso entre la vegetación autóctona también diseñada por el arquitecto. Olivos, mirtos y laureles pueblan los alrededores dando sombra al paseante que asciende en su recorrido.

En la subida a la colina de Filopapo se encuentra una pequeña iglesia bizantina del siglo IX, iglesia cuya restauración también formó parte del trabajo de Pikionis. 
En su intervención añadió un pórtico de madera, diseñó el trazado del suelo y revistió el edificio con elementos cerámicos siguiendo la misma filosofía que en el resto de la obra. El conjunto arquitectónico, en el que se respira cierto aire oriental,  se ha convertido en un delicado remanso de paz y es un lugar ideal de descanso a medio camino en el ascenso a la colina.
  En el magnífico trabajo que Pikionis realizó en el entorno de la Acrópolis, arquitectura y paisaje buscan el equilibrio entre lo histórico y lo nuevo. A través de formas y texturas, dibujos y composiciones gráficas, obliga al caminante a ralentizar su paso para disfrutar de la magia de un paisaje completo que lo envuelve y en el que faltan ojos para mirarlo todo. Una admiración por el pasado que establece un diálogo con el presente donde el respeto convierte la alfombra que guía al paseante en una auténtica obra de arte.





Artículo publicado en el blog de diseño, arquitectura y artes visuales DissenyCV

viernes, 20 de mayo de 2016

Una nueva relación huerta-ciudad

Mañana sábado a las 12:00 se celebrará en Benimaclet el 4º aniversario de la puesta en marcha de los Huertos Urbanos. Una fiesta popular en la que, además de celebrar, se reivindicará un nuevo plan urbanístico para el PAI de Benimaclet.

La iniciativa vecinal de recuperar los terrenos del PAI abandonado se puso en marcha en el año 2010 y actualmente hay 100 parcelas de huertos urbanos autogestionados. El proyecto evidenció que es posible un urbanismo basado en la participación ciudadana y hoy en día sigue siendo una demostración de responsabilidad colectiva y de recuperación del espacio basada en los valores tradicionales de la huerta.

Desde Benimaclet se propone una nueva manera de entender la relación huerta-ciudad.





miércoles, 20 de abril de 2016

En recuerdo de Zaha Hadid

Cierto es que hay maneras de entrar y maneras de estar en cualquier ámbito o esfera de la vida, tanto personal como profesional. Maneras igualmente válidas o legítimas… Se puede llegar de forma sutil, donde la levedad marca la pauta y permite ir introduciéndose casi sin ser visto, sin subterfugios pero sigilosamente, o por el contrario, se puede llegar haciendo ruido, no en un afán de hacerse notar, pero sí con intención de ser escuchada y de reivindicar un lugar entre los tuyos.  

Y cierto es también que hay cosas y actitudes que solo se pueden entender y, en el peor de los casos, justificar, cuando las vivencias se producen desde la misma posición de inferioridad adjudicada.

Lo explicó perfectamente la también arquitecta chilena y además activista social Margarita Pisano en su libro “El triunfo de la masculinidad”, cuando en ocasiones, se confunde agresividad con defensa y se malinterpreta lo que es en realidad un acto de rebeldía ante la hostilidad de un entorno en el que la visión masculina se ha convertido en la macrocultura que domina el mundo.

Ayer falleció la arquitecta Zaha Hadid. Mujer, musulmana, árabe, ambiciosa, temperamental, polémica, luchadora, rompedora, arriesgada, intransigente y desafiante que, además del potente y vasto legado arquitectónico, nos ha dejado el ejemplo de una enérgica lucha por hacerse un nombre entre las primeras y más destacadas figuras de la arquitectura mundial. Y lo consiguió, pese a los obstáculos que, en su condición de mujer con una innumerable relación de epítetos poco amables a cuestas, trataron de desprestigiarla.

Pero más allá de calificativos, Zaha rompió moldes a través de su obra y de su vida.

El reconocimiento le llegó tardío, con 44 años y tras mucho tiempo de tratar de hacerse un hueco en su profesión desde su estudio de Londres. Con un estilo arquitectónico inconfundible, los edificios de Zaha son obras de una gran carga beligerante, que rompen los límites de la moderación, porque su fuerza arrolladora, esa con la que se reivindica un lugar entre los grandes, está presente en su obra, y en la lucha todo es desmedido, no hay lugar para la templanza.

Y así, en su particular combate y con un estilo muy personal, logró ser la primera mujer en recibir el Premio Pritzker, máximo galardón concedido en arquitectura. Y también consiguió la medalla de oro del RIBA y el premio Mies van der Rohe. Pero para mí y para muchas mujeres que no asumimos el papel que nos impone esta posición adjudicada, Zaha Hadid consiguió mucho más que premios, reconocimientos y huecos entre los compañeros de profesión.

Zaha sobrepasó fronteras. Fronteras físicas que quedaron superadas con la construcción de edificios de formas imposibles y, lo más importante, fronteras simbólicas, esas que llevan años deslegitimando cualquier posibilidad de autonomía femenina.

Texto publicado en la revista digital DissenyCV